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Criar a tus hijos lejos de casa: la odisea de los migrantes venezolanos

Criar a tus hijos lejos de casa: la odisea de los migrantes venezolanos

Casi sin darme cuenta he ido midiendo la longitud de mi exilio conforme transcurre la preciosa vida de mi hija. Los nueve meses de su gestación, lejos de casa. Sus veintidós meses de existencia en este mundo, lejos de casa. De la mía, se entiende.

Fuente: Omar Lopez / Unsplash

¡Hala! ¡Qué sorpresa!

Sus primeras palabras todavía no me daban ninguna pista de lo que iba a ser este proceso. Porque dijo sílabas aleatorias como «ta ta ta ta» o «la la la». Después dijo «mamá», «agua»… Pero un día, de repente, se sorprendió del sonido que hizo su juguete al caer de lo alto. Y, al estrellarse contra el piso, profirió un rotundo «¡Hala!». Uno se asombra, incluso, de no haberlo previsto.

Es una verdad del tamaño de una casa, mi hija es española. Lo dice su documento de identidad. También el hecho de que esta sea la única patria que conoce, que la cobija, que la ha visto aprender todo lo que sabe, que la ve llorar, reír, tener juegos, familia, moco y fiebre, que la ve crecer y hacerse fuerte. 

La miro y casi me convenzo de que no le falta nada aquí. No piensa en un Mar Caribe que no conoce cuando se lanza a jugar con las olas y la arena de esta playa mediterránea. No suspira bajo la ducha como si viviera un milagro, no sabe qué es eso de que pasen horas y días sin que salga agua por los caños. No ha visto de cerca esa impotencia. Y yo me alegro.

Fuente: Kristina Paparo / Unsplash

Está creciendo con costumbres, olores, maneras de entender el mundo y de nombrarlo que no le sonarán extrañas ni de otros. Lo que imagino con tristeza es que puede pasar que perciba como rarezas mis gaitas de Nochebuena, mis arepitas con queso y mi risa torpe cada vez que pregunto si hay cambur para inmediatamente corregirme: ¡Banana/Plátano! Pero hay avances, ya me siento casi una persona normal cuando llego a una casa y pido la clave del «Güifi». Vamos evolucionando.

De incomprensiones o ¿cómo que hablamos el mismo idioma?

Podríamos poner más ejemplos de cómo hablar español no es garantía de entendernos. Por más que trate de adaptarme a las maneras de llamar aquí a las cosas, la mayor parte de las veces no llamo biberón al tetero, al tete.

Entonces, cuando estamos en la calle y ella tiene sueño empieza a pedírmelo. Dice: «Mamá, tete». Pero resulta que en esta región al hermano se le llama tete. Ah, claro, y no falta quién le pregunte que ¿dónde está el tete, que si está en el colegio el tete?

«¿Lo quieres mucho y lloras por eso?». Y yo intento explicar que no, que no tiene hermanos, que le llama así a lo que toma para dormir. Pero en sus caras se va dibujando una franca y creciente incomprensión. «¿Duerme con el tete?, ¿cómo?». Ahí es cuando tengo que empezar a explicar que para nosotros el biberón se llama tetero, que el tete es el bibe.

Fuente: Oriana Martins N. / Madrid, España

Sin embargo, nunca se les ha quitado del todo la mueca esa de: «no te entiendo, ¿que estás diciendo?» Por dar un ejemplo. O como cuando llama papas a las papas y la corrigen: «Cariño, esto de aquí es una patata. Qué graciosa. Papa, dice.»

El lenguaje

Me río de las trampas del lenguaje, pero también he albergado a ratos la sensación de que el que seamos de países diferentes, de algún modo, en alguna parte del alma, nos aleja. Sin embargo, vuelvo a mirarlo y ya no sé si eso sea cierto. Porque, por muy cursi que suene (y que sea), en su nacimiento yo también nací nuevamente. Y la parte de mi vida que empieza con ella está ocurriendo aquí, a su lado. 

Así que todos sus recuerdos entrañables, sus veranos, sus logros, sus heridas, indiferentemente de dónde transcurran en el mapa, tendrán una importancia indescriptible también en mi vida. Y esa es un arma infalible contra la añoranza.

No queda más remedio que dejar volar a ese pajarito que se quería aferrar a su terruño del trópico brillante. Y admitir con libertad y ahínco que ella, y no ninguna coordenada geográfica, es mi patria y mi casa. 

Por último, y para que el pajarito tropical que me habita tampoco sufra, mi corazón y yo llegamos a un acuerdo. Está bien que los amigos sean llamados colegas. Está bien que haya que estar metiendo y sacando la ropa de calor, la de frío, la de medio calor, la de casi frío… Está bien que cuando algo le parezca divertidísimo diga que es «guay»…

Pero dos cosas en esta casa no van a cambiar: seguiremos coreando cada Navidad «que cada vez que escuchéis una gaita lloraréis porque en mí te hará pensar…», y seguiremos llamándote cambur, banana querida. Espero entiendas: es una cuestión de pura y simple equidad.

 

*Oriana Martins es Licenciada en Artes Escénicas de la Universidad de los Andes en Mérida y una de las miles de venezolanas que, junto a su familia, se vió obligada a migrar buscando un presente y futuro mejor.

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