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«Yo NO soy migrante»: para los Wayuu, las fronteras entre Colombia y Venezuela no existen

«Yo NO soy migrante»: para los Wayuu, las fronteras entre Colombia y Venezuela no existen

Somos un pueblo indígena llamado Wayuu, con más de quinientos años de existencia en la Guajira, territorio ubicado en la frontera imaginaria impuesta por los gobiernos de Colombia y Venezuela. Este es un pedacito de tierra que se encuentra en nuestra querida América del Sur.

El conocimiento de nuestra comunidad se transmite de generación en generación mediante la tradición oral de nuestra lengua materna: el Wayuunaiki. Esto quiere decir que nuestra palabra posee un valor preponderante en todo el contexto social en el que nos desenvolvemos.

Soy wayuu y creo tanto en los sueños (LAPU), que me advierten de cualquier situación de peligro, como en los consejos de mis abuelos porque me orientan para seguir por el sendero de una vida mejor.

Fuente: Christian González Paz

La historia se repite  

Colombia y Venezuela comparten más de dos mil kilómetros de frontera terrestre, lo cual permitió que, durante las décadas del cincuenta al ochenta, miles de colombianos, impulsados por el progresivo deterioro de las condiciones de seguridad de su país, emigraran a Venezuela para disfrutar del crecimiento de su pujante economía.

Como resultado, los lazos familiares y culturales entre los dos países se afianzaron.

Sin embargo, esta tendencia se ha revertido en los últimos años, ya que la inestabilidad económica, institucional y política que atraviesa Venezuela ha motivado a sus habitantes a emigrar hacia otros países de la región incluyendo Colombia.

Fuente: Christian González Paz

Todo es Woiman

En Venezuela, mi pueblo aborigen habita en todo el estado Zulia. En Colombia, abarca el departamento de la Guajira. Por esta razón, para nosotros, no existen las fronteras. ¡Sí!, los wayuu somos libres en los dos países y hablamos el mismo idioma.

Nuestras familias viven en Siapana, corregimiento de la Alta Guajira, en Colombia y algunos tíos en Caimare chico, en el Municipio Guajira de Venezuela. Todo es “Woiman”, lo que quieres decir «nuestra tierra».

Pero, “actualmente la realidad ha cambiado tan extraordinariamente que nuestros principios aborígenes se han ido con el viento solano y son quemados con los impetuosos rayos del sol de la Guajira”. 

Cruzar la “Raya” para vivir

Cuando la crisis empezaba a golpear mi país natal, Venezuela, yo estudiaba dos carreras universitarias. La primera era Comunicación Social, mención audiovisual con énfasis en temáticas indígenas en la Escuela de Comunicaciones del pueblo Wayuu Putchimajana. La segunda carrera, la estudiaba en la ilustre Universidad del Zulia, Venezuela.

Fuente: Christian González Paz

Debido a la inestabilidad económica que empezaba a surgir en Venezuela, mi bolsillo se fue vaciando cada día más, las fuentes de ingreso ya no alcanzaban para cubrir mis estudios por lo que me vi obligado a elegir una de las dos carreras.

No fue una decisión fácil, pero después de pensar y analizar durante varios días las posibilidades a futuro, opté por seguir estudiando acá, en Colombia. Así que venía los últimos tres días de la semana a recibir mis clases. No era un viaje largo, solo tenía que cruzar la “Raya”, ya que vivía a escasos minutos de aquel lado de la frontera.

Finalmente, con el título en mis manos y mis maletas regresé a Venezuela. Cinco años después, me llamaron para laborar en Colombia. Ahora, soy docente en un diplomado intercultural sobre extractivismo y políticas de desarrollo.

Estos estudios se imparten en la Universidad Nacional De Colombia, mediante el Centro de Formación Popular (Cinep) Programa Por La Paz, específicamente en la realización audiovisual, como herramienta de comunicación para la defensa de los derechos humanos en las comunidades indígenas.

¡Cuidado que ese es Veneco!

El primer día que volví a Colombia, decidí pasar por el mercado de Maicao, la vitrina comercial de la costa norte colombiana. Allí encontré a mis profesores de la secundaria vendiendo agua y vi a mis parientes pintando algunas casas de los “turcos”. Todo había cambiado.

Mis hermanos wayuu que solían vivir cómodos en sus casas de Venezuela, ahora se esclavizaban por un miserable sueldo en Colombia. 

Fuente: Christian González Paz

Mis propios hermanos wayuu, me criticaban y me miraban con desprecio por mi acento venezolano. ¡Ahí vienen “los venecos”!, decían. ¿Se les olvidó que no teníamos fronteras? ¿Se les olvidó que no pertenecemos a ningún país? A pesar de que hablamos el mismo idioma y tenemos las mismas creencias, nos tildan de migrantes.

Han olvidado que durante la década de los ochenta, el éxodo de wayuu que salían huyendo del conflicto armado en Colombia, implantó asentamientos en las comunidades de Guarero y los Filuos en territorio venezolano. ¡No soy migrante!

No soy migrante porque mi familia está en Colombia y también en Venezuela. No soy migrante porque no he ido a un territorio distinto. No soy migrante porque, en Colombia y Venezuela, estamos los wayuu desde antes de que se establecieran las líneas imaginarias. 

*Cristian González Paz 

Comunicador social mención audiovisual con énfasis en temáticas indígenas, Docente en diplomado indígena de extractivismo y políticas de desarrollo. Además, es Miembro del equipo de comunicaciones de la gran parada llamada Eiinushi films.

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