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La odisea de los inmigrantes: el Síndrome de Ulises y la pandemia

La odisea de los inmigrantes: el Síndrome de Ulises y la pandemia

Odiseo, también conocido como Ulises en su variante latina, es un personaje de la mitología griega, que más tarde sería recreado por el poeta Homero en la Ilíada. Este legendario rey se mantuvo fuera de Ítaca, su tierra de origen, durante veinte años. Durante diez de esos años participó en la guerra de Troya y ayudó a Aquiles a moderar su temperamento.  

Joseba Achotegui, psiquiatra y profesor de la Universidad de Barcelona, en España, dio a conocer el Síndrome de Ulises o Síndrome del Inmigrante con Estrés Crónico y Múltiple, en el año dos mil dos, gracias a una serie de investigaciones llevadas a cabo con inmigrantes en dicho país. Este síndrome no es una patología, pero si no se atiende a tiempo puede repercutir desfavorablemente en la salud psicoemocional de aquellos que experimentan la incertidumbre de la migración. 

Ulises de Ítaca, el rey que sirvió de inspiración para darle el nombre al Síndrome de Ulises.
Ulises durante su odisea lejos de Ítaca

Síndrome de Ulises y la adolescencia

La adolescencia es una de las etapas del desarrollo evolutivo del ser humano que produce cambios importantes tanto a nivel psicológico como físico. Estos ameritan orientaciones o diálogos por parte de los adultos para enriquecer el proceso vital y moderar los altibajos de temperamento propios de esta etapa. 

Ciertamente, el Síndrome de Ulises ofrece un marco referencial significativo con respecto a este tema. Sí, las personas que lo padecen también atraviesan cambios abruptos al momento de su llegada al nuevo país: sin derechos, sin legalidad e identidad oficial. Es decir, viven indefensos hasta tanto se legalice su estatus y puedan acceder a una vida más digna.

En otras palabras, el inmigrante con Síndrome de Ulises es un individuo biopsicosocial lleno de fragilidades y limitaciones que experimenta ansiedad, estrés, miedo, angustia, tristeza, entre otras emociones. Esto se debe a que está lejos de su país y a que no goza de beneficios para acceder a bienes y servicios propios de un ciudadano con estatus legal. 

Los adolescentes pueden experimentar Síndrome de Ulises

A todo esto le sumamos la pandemia 

Desde diciembre del año dos mil diecinueve, la remota historia sobre un virus en Wuhán, China, no impidió que casi todo el planeta disfrutara, en la medida de lo posible, de la navidad, incluso si se estaba fuera del país de origen. Pero en marzo de dos mil veinte, el virus traspasó las fronteras de Oriente y se asentó en Occidente. Así, todas las personas, grandes, chicos, nativos, extranjeros, ricos, pobres, negros y blancos tuvieron que resguardarse en sus casas.

No hablo del hogar porque para un inmigrante, el hogar es la geografía conocida, la lengua materna y la familia de origen. Cuando se llega a otro país, la casa es solo un resguardo físico. Solo través de los años, un inmigrante podría ir construyendo, desde el punto de vista emocional, su nuevo hogar.

El Covid-19 arremetió violentamente con la vida de todos. No importa si se trató de algo premeditado, lo cual sería un verdadero crimen, o si se trató de un experimento que se le escapó de las manos a alguien, incluso a la Organización Mundial de la Salud.    

Covid-19 con pastillas

Nuevo modo de vida para los jóvenes migrantes

Si durante la adolescencia se espera adquirir cierta independencia de los padres, aceptación de la propia imagen y ser parte del grupo, entre la migración y la pandemia llegó un nuevo modo de vida para los jóvenes migrantes: la vida a puerta cerrada y “emigrar hacia adentro”, hacia su propia subjetividad, hacer contacto con su propio ser. Así que les tocó emigrar por partida doble. 

Con la inmigración, ya sea con o sin calidad de vida, los adolescentes experimentan un lento proceso de duelo. Mucho más si se trata de inmigrantes venezolanos, los cuales representan la orden del día. Según UNICEF, la crisis migratoria en Venezuela se traduce en 1,1 millones de niños y niñas de toda la región. Ellos necesitaron asistencia durante el año pasado, ya que la crisis social, económica y política en ese país no les dejó más opciones que huir; perdón, quise decir emigrar.  

Una batalla difícil de librar 

Sin embargo, la batalla de la migración adolescente o mejor dicho la batalla que atraviesan los adolescentes no termina allí. Estar dentro de casa ha implicado también un distanciamiento social nada preventivo, pues casi todos parecen abstraerse entre teléfonos celulares, videojuegos o laptops. En otros casos, se sumergen en una depresión que no les permite ni salir de la cama. 

Una adolescente hipnotizada con su celular

Además de la depresión, que sí es un trastorno psicológico grave, se debe mencionar que los adolescentes que están constantemente conectados a Internet, pueden convertirse en víctimas de la pornografía infantil, otro de los posibles rostros de la pandemia. Según la Fundación Habla: Infancia libre de abuso, el ingreso anual que genera  esta práctica criminal es de doce mil millones de dólares.

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